Cansada de esperar algo que jamás sucederá.
Me gustas tanto que dejé de esperar a que me escribieras.
Para escribirte todos los días durante un mes y medio.
Tiempo perdido en el que pude invertir haciéndo sonreir a alguien más.
Una espera eterna sin sentido.
Donde solo excusas salen de tu boca.
Donde miles de personas en el mundo se reunen.
Tú ni un minutos me puedes dedicar.
Casi que rogarte porque me escribas, porque ya ni llamar lo haces.
Y cuando te escribo pasan horas, sin responderme.
Con la excusa de qué estás ocupado, sumerjido en el trabajo.
¡Qué excusa tan barata!
Tanto que decir y que prefieres callar.
Doy mi opinión y solo me ignoras.
Te pregunto algo y solo recibo una respuesta.
Es como si te molestara mi presencia.
Creo que una pared es más expresiva o dicen más que tus mensajes.
Solo te remites a contestar.
¿Para qué me escribiste en primer lugar?
¿Con qué excusa barata me escribiste?
Solo para decirme que quieres verme y no lo haces.
Prefieres ver a tus amigos que a mí.
¿Cómo si tuviera una enfermedad contagiable?
Nada más alejado de la realidad estás.
Solo menos que un punto en tu universo de figuras de acción.
Donde ves más a la cajera del supermercado que a mi.
Porque una simple llamada te fastidia.
Con la excusa de que no tienes tiempo.
De que no estás acostumbrado a estar pendiente de nadie.
Son excusas y más excusas.
Pareciera que estuviera hablando con alguien de mi edad.
Y no con alguien de más de 40 años.
De la Generación X pero con una mentalidad de un niño de 15 años.
Deseo olvidarte, pasar la página, jamás encontrarte y si sucede ignorarte.
La vida está para disfrutarla y no para esperar que algo suceda.
Esperar una y otra vez por un futuro vacío y sin sentido.
Solo me decías lo que quería escuchar y no lo que debía escuchar.
*Fotografía tomada en julio de 2017 en el Parque Araucano ubicado en la ciudad de Santiago de Chile